En lo que se está convirtiendo el turismo (si no acaso en lo que se ha convertido ya) hace que lo que antes podía experimentar una persona al viajar se esté desvirtuando por la masificación, la globalización, la sobreexplotación y todos esos conceptos que tanto molestan a los liberales.

Por eso, visitar un lugar como Firenze es un arma de doble filo. Se puede llegar a sentir fastidio o hartazgo ante el David de Miguel Ángel y aversión o enfado paseando por el Ponte Vecchio. Cada vez es más difícil encontrar sitios auténticos en los que protagonizar vivencias únicas y especiales. Tal vez la única manera de hacerlo sea… por casualidad.

En mi penúltimo viaje a Italia tuve la fortuna de encontrar uno de estos sitios, y sinceramente, debería mantenerlo en secreto, pero hay que reconocer que ¿dónde está la gracia si no puedes contarlo?

Siguiendo borreguilmente las recomendaciones de las guías de viaje, subimos caminando hasta el Piazzale Michelangelo para presenciar, junto con varias decenas de miles de turistas, el atardecer sobre la bella Firenze. Cocacolas, chips y palos de selfie nos distrajeron de la magia del momento y nos empujaron a la cercana Abbazia di San Miniato al Monte, esperando encontrar, sinceramente, solo una iglesia más pero un poco más tranquila.

Tuvimos la suerte de llegar justo cuando se iniciaba la ceremonia: un oficio religioso celebrado en la cripta en el que, ordenadamente (como en la Abadía del Crimen), los monjes ocupaban su lugar y entonaban conmovedores salmos gregorianos que hacían vibrar armónicamente tanto los tímpanos de los pocos presentes como cada una de las desgastadas piedras de la abadía. Es difícil recordar cuánto duró la ceremonia, solo sé que tras observar embobados cómo cada fraile abandonaba el templo siguiendo un orden inmutable a través del tiempo, despertamos del sueño visitando la tienda de la abadía (monjes calvos vendiendo crecepelo, entre otros ungüentos) y cotilleando las conversaciones de los monjes con las turistas.

Profesor de Matemáticas del I.E.S. Alborán-Manuel Cáliz. Padre de dos niñas. Pésimo guitarrista y peor cantante.

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